sábado, 20 de abril de 2013

PIEDRA DE CARNE


Nicolás llegó al pequeño pueblo con su cuaderno de dibujo y su mochila después de un largo e intenso viaje por Italia. El atardecer le transportó por las diminutas y empinadas calles y decidió que se quedaría allí unos días. La atmósfera y la calma le parecían propicias para acabar allí su aventura antes de regresar a Barcelona, antes de retomar su vida en la ciudad, de perderse en sus noches sin dormir y de someterse a la metódica rutina de una cotidianidad censurada, que no le prometía nada nuevo.
Encontró un hostal regentado por una mujer de aspecto algo curioso, con sus gafas de concha y una bufanda a rayas, indescriptible para un mes de agosto sofocante como aquel.
―¿Viaja sólo?― le preguntó ―Aquí tenemos rincones fantásticos para dibujar observando el cuaderno que descansaba encima del mostrador de recepción.
Nicolás no se sorprendió y recorrió visualmente las paredes de la entrada recubiertas de fotografías de plazas, de puertas, de ventanas con flores y se sintió todavía más satisfecho de la elección por un momento.
Descargó la mochila en su habitación y se propuso una cena frugal en algún establecimiento de la población.
Cuando salió del hostal la noche había cubierto las calles y el aroma de jazmín y rosa deleitaba sus sentidos. Caminando se perdió.
De pronto al doblar una esquina, llegó a sus oídos la risa de unos niños pero no alcanzó a percibir desde donde se emitía. Continuo caminando y apresuró el paso para aproximarse y descubrir de donde provenían. En la siguiente calle le pareció observar una luz blanca y pudo vislumbrar la silueta de tres niños reales. Las figuras se movían dentro del haz de luz y corrían hacía una plaza que se divisaba al fondo, al final de la calle.
Nicolás corrió en pos de aquella aparición, de aquella deslumbrante luz. Cuando los niños llegaron ante la fuente se apoyaron en el reborde y asombrosamente se convirtieron en piedra, se fusionaron con la estructura de la fuente y poco a poco la luz se fue apagando, mezclándose con la noche, con una oscuridad que los engullo delicadamente.
Nicolás llegó ante la fuente y no pudo entender lo que había sucedido. Paralizado extendió su brazo lentamente y aproximó su mano hacía el conjunto de niños, piedra de carne. Al tocar sus cabezas sintió un calor, una energía menguante que iba desapareciendo hasta devolverle solamente una sensación de frío inesperado.
Se quedó allí quieto, contemplando la escena mucho rato.
No tenía a quien contar lo sucedido y acabó decidiendo regresar al hostal para descansar e intentar dormir  aunque ya sabía que sería casi imposible.
Por la mañana se instaló en el café de la esquina de la plaza y cuál fue su asombro cuando los niños continuaban petrificados, adheridos a la fuente en la misma posición en que los había dejado por la noche.
Preguntó al camarero sobre la fuente pero no le supo dar razón sobre la historia y lo más extraño, él sólo veía una fuente. No sabía sobre que niños le preguntaba.
No podía dejar de comprobar que continuaban en su sitio y que de la fuente no brotaba ni una sola gota de agua.
Decidió recuperar su idea de disfrutar como un turista más y se fue a recorrer el pueblo y los alrededores para aprovechar sus últimos días sin olvidarse ni de la fuente ni de los niños.
Durante tres noches observó el idéntico espectáculo, cada día las figuras se convertían en piedra y el misterio incrementaba su curiosidad.
En su último día decidió actuar y se plantó a esperar delante de la fuente justo en el sitio dónde los niños acababan su recorrido.
Al oír sus risas cercanas, el nerviosismo y el miedo se apoderó de la situación y sólo pudo reaccionar cogiendo su cuaderno, abriéndolo como parapeto ante la luz cegadora, blanca e intensa que se dirigía hacía él.  A pesar de aquel terror que sentía, quería experimentar lo que pasaba.
Todo sucedió muy rápido. El haz de luz lo envolvió junto a los niños, sintió un calor intenso y luego nada. La oscuridad total llegó a la plaza.
De la fuente empezó a brotar agua.

La niña recogió del suelo el cuaderno que descansaba al lado de la fuente, tocó el agua limpia y fresca con la punta de sus pequeños dedos y corrió hacía su madre que la esperaba sentada en la terraza del café de la esquina.
Al llegar junto a la mesa abrió el cuaderno, contempló curiosa los dibujos sobre paisajes y pueblos. Se paró en la hoja donde aparecía una plaza con una fuente, a la que se reclinaban tres niños. Uno de los niños dibujado se giró y le guiñó un ojo. Con una sonrisa le correspondió la niña  mientras su madre la besaba en la frente.
Era un día sofocante, en un pueblo cualquiera de la campiña francesa, en una plaza con una fuente de piedra, con un agua cristalina que musicaba el momento junto al arrullo de  las palomas en una banda sonora de verano.
Una mujer con una bufanda a rayas cruzaba con un carrito de la compra mientras  la niña y su madre abandonaban la plaza.
― Mamá ¿ me puedo quedar el cuaderno? preguntaba la niña a su distraída madre.
Lo que no se imaginaba es que en la página siguiente, a la que todavía no había llegado, se encontraba atrapado Nicolás, revolviéndose desesperadamente por salir del cuaderno, mientras luchaba contra una luz blanca.

1 comentario:

  1. Enhorabuena, Homeless, por esta inmersión en este tan difícil y agradecido género de los microrrelatos... No dejas de sorprendernos... Me ha encantado: ritmo adecuado, prosa precisa, estilo visual, narrativa evocadora, inclusión de lo mágico y fantástico, un tema apasionante, un título impagable... ¿una alegoría? Sigue así!!!

    ResponderEliminar