lunes, 18 de mayo de 2009

SUEÑO: LAS TIJERAS DE ORO

Blanco es el color que predomina en mi mente hoy cuando me adentro en el mundo de los sueños, en el mundo paralelo en que vivimos mientras dormimos y que nos aleja de lo cotidiano, de esa otra muerte hacía la que caminamos irreversiblemente.
Es un blanco ofuscador, delatador, poderoso el que tapiza las paredes de esta habitación en la que he me soñado, que me observa como yo la observo a ella, con expectación, sin remordimientos entre sus rincones y mis colecciones de sentimientos que palpitan entre mis recovecos.
En el centro una silla de mimbre, alta, pintada de un rojo escarlata y que engalana sus patas con un delicado dibujo incrustado en la madera. Ese rojo que contrasta con la pared y llama mi atención con descaro.
En el asiento unas tijeras doradas, de un oro infinito, de un oro que fulmina los demás detalles, con un filo largo apresado en dos ojos que me miran.
Ya no puedo salir de allí, una puerta invisible se cierra tras de mí. Estoy encarcelada en mi sueño, en mi mente recubierta de reconstrucciones invariables de habitaciones que he recorrido en todos estos años.
Una voz suave, sin presencia física me reclama, me dice “Ven”. Es la voz de la calma, de esa calma que he buscado tanto en mis noches y que no imaginaba que tuviera voz masculina, que pudiera comunicarse con esa elegancia sofisticada de las voces que te inundan el alma. Una voz hipnotizante, que me seduce, que me recorre y me trasmite esa sensación de paz adquirida, de redención merecida en estas circunstancias.
Y me dejo arrastrar “ven” mientras las tijeras de oro se levantan de la silla y se suspenden en un vals imaginario.
Yo ya no soy yo, me dirijo hacía la silla del centro de la pieza y una fuerza me empuja a sentarme lentamente, a abandonarme a su autoridad mientras escucho las palabras que me susurra. Esas palabras que siempre he querido escuchar y que ahora encuentro allí corroboradas por un silencio que hace más latente su sentido.
De pronto la voz cambia de tono y me pide que desarme la trenza de mi pelo largo y negro, el símbolo encubierto de vitalidad, de mi vida, mi más preciado tesoro que a medida que crece me proporciona más fuerzas para enfrentarme al mundo, me hace grande y digna de todo aquello que puede llegar a ocurrir.
Sigo sus ordenes y dejo que mi pelo se deslice por el respaldo de la silla con suavidad. Lentamente se desplaza en un movimiento ondulatorio hasta que se detiene y ensombrece con su brillo a la silla roja.
Continuo inmóvil en la silla cuando el sonido de las tijeras que parecen haber abandonado su vals aéreo, se abalanzan sobre mi pelo y comienzan a cortarlo. Me es imposible levantarme o hacer cualquier movimiento para zafarme de su filo y no puedo pensar más que en preguntarme porque me está ocurriendo esto ahora a mí. Quien ha dado la orden de que me hagan esto a mí, no puedo entenderlo, no puedo comprender que éste siendo atacada de esta manera mientras empiezan a caer lágrimas de mis ojos, una lágrimas de un azul helado que resbalan por mi semblante y se detienen junto a mi boca.
La tijeras de oro continúan cortando el pelo como si su labor fuera teledirigida y se mueven con gesto presto.
Las finas hebras de cabello cortado no llegan a tocar el suelo sino que sorprendiéndome todavía más, se convierten en minúsculos pájaros de colores exóticos que revolotean por la estancia subiendo hacía el techo de la habitación y luego sobrevolándome en círculos. Sus trinos retumban por el espacio cerrado.
No puedo dejar de pensar en todo lo que está sucediendo mientras siento que las tijeras van acabando de recortar mi pelo hasta que llega un momento en que el silencio vuelve a la habitación.
Las tijeras y los pájaros desaparecen y me quedo sola, allí, sentada en aquella silla, persiguiendo una imagen mental de mi estado actual.
Mis manos se levantan y se dedican a reconocer lo que queda de mi pelo, de esa masa recortada a trasquilones que ahora se presenta como un conjunto desgarbado de cabello.
Cuando devuelvo el brazo a su posición original me doy cuenta de que mi piel ahora es transparente y que mi sangre roja circula por las carreteras arteriales y venosas a un ritmo trepidante. Y no es sólo el brazo lo que parece haber cambiado tan radicalmente de fisonomía. Mis piernas y mi cuerpo bajo la camiseta a rayas también son transparentes. Me sobresalto al mismo tiempo que se apodera de mi una sensación de ansiedad fría e inconexa de vacío no buscado.
Aún me quedaba por descubrir una realidad más cruda, la peor parte de mi malograda figura.
Introduzco mi mano por debajo de la camiseta y encuentro una oquedad a la altura de mi pecho. Un agujero inmenso. Busco el latido de mi corazón pero solo encuentro una duda, un abismo auditivo, el mecanismo que impulsa mi sangre ha sido arrancado. Me siento inerte, muerta, desaparecida, violenta. Una rabia ingobernable me traspasa.
Ahora estoy en la tierra de nadie, en la tierra de los que no tienen nada. Un dolor profundo nace desde mis entrañas, un dolor conocido, insuperable por ninguna fuerza. Ese dolor me acompaña y un grito oscuro sale de mi garganta.
Salgo corriendo de la habitación y me pierdo en el fondo negro de un pasillo que no me lleva a ninguna parte.

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