Raúl trató de atraer la atención de Elena, la guapa chica morena que tenía delante. Llevaban en el bar más de dos horas y no había percibido ningún gesto por parte ella que le pudiera dar alguna esperanza.
Elena poco imaginaba las intenciones de Raúl; compartían un curso sobre Reiki y técnicas de relajación y esa tarde como otras había arrastrado a Raúl a aquel bar, para espiar a la pareja que se sentaba tres mesas más allá: Una mujer de unos treinta años, con una cara inaccesible a la descripción e incapaz de controlar una risa tonta que se le escapaba al responder a cada comentario del hombre que tenía enfrente; el hombre, pelo blanco, nariz aguileña y sombrero negro, con ojos pequeños y medio achinados que se escondían detrás de unas gafas freudianas, alternaba su mirada concentrada entre la mujer y un cuaderno de espiral abierto encima de la mesa.
Elena observaba cada movimiento y cada comentario de la pareja desde su situación privilegiada, había buscado el ángulo preciso para no perder detalle.
Hacía unos días, mientras les servía los cafés, la camarera había reconoció al hombre al entrar y se le había quedado observando durante unos minutos plantificada junto a la mesa.
Ante el incesante barullo de comentarios, Elena le había preguntado a la camarera quién era ese hombre.
La camarera le explicó que era Vicente Roma, un director de cine muy importante y la mujer con quién iba a compartir la mesa quizás buscaba un papel protagonista en su nueva película. Se rumoreaba que iba a rodar allí, en Gijón.
Aquella noticia trastocó el pensamiento de Elena, de repente, sólo podía pensar, en cómo conseguir ese papel, era una mujer decidida y había quedado demostrado que nada podía interponerse en su camino a la fama. Siempre había soñado con pasearse por la alameda del brazo de algún tipo importante, de experimentar esa sensación de éxito excitante, ese momento de gloria reservado a quienes tocan el cielo con los dedos, ese fragmento de vida en que todos te envidian inconmensurablemente. En su vida había dejado escapar pocas oportunidades de hacer realidad sus obsesiones, de regocijarse en sus acciones. Y ahora había llegado el momento que esperaba aunque sabía que sus condiciones como actriz eran más que nulas, que nada podría convertirla en una estrella de la interpretación.
Desde pequeña había cursos de dramatización y había participado en alguna obra teatral del colegio pero nunca había destacado.
Su cabeza iba maquinando algo, el papel para esa película tenía que ser suyo, no podía ser que se lo arrebatará nadie.
No podía o no quería reconocer que su vida quedara desvinculada de ese mundo. Quería dejar de ser la mera espectadora de películas años cuarenta de cineclub, con aquellas heroínas de contundentes cuerpos y miradas en blanco y negro que la hacían sentir invencible delante del televisor y que tanto admiraba. Necesitaba esa última oportunidad, que una tarde, en un café, en aquella mesa había encontrado sin proponérselo, de improviso, se le había presentado y le había susurrado al oído: es tu última oportunidad.
Raúl no se daba cuenta que Elena no le estaba escuchando.
Se despidieron con un cobarde hasta mañana.
Elena decidió aquel día que regresaría al bar sola. Pero no sin tener un buen plan, un plan maestro, un plan que empezaba a tejer de camino a casa, como un buen estratega, ese plan que le llevaría a conseguir su objetivo, su sueño, su deseo. Un lujo de plan.
No podía cometer errores. ¿Cómo se presentaría ante él? ¿Directamente le preguntaría por su identidad con un nombre equivocado?,¿ conseguiría su teléfono para quedar con él? ¿Le cogería desprevenido con la excusa de una entrevista?, ¿le pediría fuego?.
No, no, eran remedios baratos, tenía que encontrar la manera de que él se acercará a ella, cayera en su red, como una presa indefensa e inocente.
Al llegar a casa, se sentó delante del ordenador, lo encendió y en el buscador tecleó: VICENTE ROMA.
Todo un mundo de direcciones web se abría ante sus ojos: ahora sólo faltaba empezar a trabajar. Encontró información sobre su vida: le gustaba jugar al tenis, había estudiado en los Escolapios, frecuentaba a muchos amigos del círculo artístico. Tenía una casa en San Sebastián a dónde iba a pasar largas temporadas, no estaba casado, aunque había tenido algún que otro romance incierto y difícil de verificar. Le gustaba escribir y tenía dos guiones pendientes de realización. Datos, datos y más datos incansables. Cientos de datos que Elena comenzó a archivar en su memoria, como si se tratara de una materia de estudio práctico que desarrollar.
Todo aquello no la convenció, no le servía de nada, necesitaba un detalle, el detalle.
Cansada después de cuatro horas delante del ordenador, no había encontrado nada de mención. Sus ojos navegaban entre las letras de la pantalla, cuando leyó un titular en grandes caracteres negros. Era un recorte de periódico de hacía años con la foto de una mujer joven: “Vicente Roma cae en una profunda depresión tras la desaparición de su nueva musa, Elena Torres”.
Elena amplió la fotografía, la observó, la delimitó con sus dedos y leyó atentamente el artículo. ¿Quién era ella?, esa mujer que parecía haber destrozado al director con su extraña desaparición. Toda la atención se centraba ahora en su figura. En esa desconocida de ojos negros. En localizar su pista.
El teléfono móvil sonaba incesantemente sobre la mesa con una melodía interrogadora, cuando Elena cayó en la cuenta de qué el pasado se había convertido en su mejor aliado.
No respondió a la llamada y se levantó corriendo a encender la impresora.
Seleccionó la foto y dio la orden de impresión.
En la bandeja de la impresora se hizo más cercana esa imagen. La fotografía de la musa, de esa mujer morena, de semblante triste.
Volvió a teclear el nombre de VICENTE ROMA en el ordenador pero esta vez le añadió el nombre de ELENA TORRES.
Sólo hubo esta vez un resultado.
Una entrevista realizada a Vicente Roma hacía siete años. Al localizar entre las líneas el nombre de Elena Torres, Elena se sumergió en la lectura de un párrafo en el cual el director explicaba su primer encuentro con su musa en un autobús. Él comentaba que cuando una noche volvía a casa escribiendo una de sus historias en el autobús, una joven se sentó frente a él y le pregunto si era profesor. Al levantar sus ojos de las hojas garabateadas y llenas de notas, descubrió a la joven. Sus miradas se cruzaron durante unos segundos y él supo que había encontrado a la mujer de su vida y le contestó que no, que sólo escribía historias. A lo que ella respondió:- entonces escribirás una historia para mi-.
Desde ese momento se hicieron inseparables. Él desconocía casi todo de ella, sólo su nombre y una línea de autobús, la sesenta y cuatro. Sus encuentros siempre en casa del director y sus días preparando esa historia que nunca fue llevaba al celuloide. La joven absorbía todo el tiempo del director hasta que un día Elena se marchó para siempre.
Salió una mañana de la casa y ya no regresó.
El director paso tres días sentado en la parada del autobús sesenta y cuatro, la parada donde subió Elena por si la veía aparecer. Pero no ocurrió. Y así fue cómo empezó a consumirse y asumirse en una fuerte depresión que le alejo tres años del cine.
La buscó desesperadamente por todas partes, escribió cartas a los periódicos para denunciar su desaparición, sin más datos no podía ir a la policía, tampoco dejó nada escrito para pensar un porqué, un quién sabe que paso. Recorrió medio país con su foto casi de puerta en puerta, buscando un nexo de unión, un punto de luz en esa oscuridad desmerecida.
Derrotado, confundido, abatido. Se fue tragando su desgarrado sentimiento hacía esa mujer.
Elena recogió la foto de la bandeja de la impresora y la miró con atención. Inconscientemente con la foto en la mano se dirigió hacía el espejo de pie que decoraba la recargada habitación. Una idea no deja de sacudir su pensamiento. Introdujo la foto en el hueco del marco del espejo y se separó un par de metros para volver a mirar la foto. Allí confluían dos Elenas. Dos Elenas muy reales. Dos Elenas que se complementaban. La Elena de la habitación recogió su pelo intentando imitar el peinado de la Elena retratada y compuso la pose en un simulacro de doble con más que idéntico parecido. Se volvió a contemplar unos minutos más y la idea se materializó en una exclamación:
-¡Yo soy esa Elena! Esa Elena que buscas. Y más pronto de lo que te imaginas la vas por fin a encontrar!
No podía creerlo, pero sus facciones guardaban un increíble parecido con la mujer que ocupaba ese testimonio gráfico, con la mujer que se estaba convirtiendo en su mejor baza.
Una sonrisa intencionada y manipuladora iluminó su cara y esto marcó el primer paso de su transformación en Elena Torres, en esa mujer que conmocionó a Vicente Roma.
Ya era tarde. Elena continuo delante del espejo. Delante de la otra Elena todavía unos minutos más y al fin abandonó el espejo. La foto quedó allí instalada en el marco, formando parte de la nueva escena, de la nueva situación de su vida.
Elena se desnudó, se puso lentamente el pijama y apago una por una todas las luces antes de meterse en la cama. En su cabeza se continuaba maquinando ese plan cuando el sueño le llegó.
Por la mañana, una nueva mañana de sábado se levantó reanimada y preparada para continuar con su juego. Se recorrió todas las tiendas del casco antiguo intentando conseguir el vestido de la fotografía o uno similar, hasta que al fin en una tienda de segunda mano dio con uno muy parecido que le serviría para su fin. Le daba aquella imagen cándida pero salvaje que buscaba.
Por la tarde fue a su peluquería y le pidió a Raquel, su peluquera, que intentará ajustarse a la imagen de la fotografía. La peluquera también reconoció acabado el trabajo su parecido. Por último unas recomendaciones de maquillaje para acentuar el negro de sus ojos penetrantes.
Y ya cercana la noche, cuando se volvió a colocar delante del espejo y encajó la foto en el marco, llevo a cabo la transformación.
Primero el vestido y unas medias negras, luego el maquillaje y un retoque al peinado. Sabía que había dejado de ser Elena Ribas. Ahora ya definitivamente se sentía en la piel de esa otra Elena. Elena Torres.
De esa guisa salió de su casa para dirigirse al café. Cruzó el umbral y se situó en una mesa delante de la puerta. Espero más de una hora para ver aparecer al director. El tiempo transcurría lento y la procesión recorría por dentro a la chica. La situación iba incomodando a su estresante nerviosismo y estaba llegando al final de su eterna paciencia cuando oyó unos pasos fuera. La imagen de Vicente Roma en dirección al bar se instaló en su retina. El director se paró justo delante de la puerta. Elena ya no eran nervios lo que sentía, sino un vértigo ansioso que le ocupaba, le desbarataba el pecho. El director parecía ocupado buscando algo en el bolsillo, sacó su teléfono móvil que escandalizaba a su amo con una sintonía de película americana. El contestó y soltando el pomo de la puerta, enseguida se puso otra vez en movimiento alejándose de la entrada del café con paso decidido y una distraída charla.
Elena vació su tensión apretando fuertemente su cara contra el bolso, no lo podía creer. Había perdido su primera oportunidad de producir un encuentro fortuito entre los dos, la rabia y la incontinencia verbal la sacudían.
No podía perder debía encontrarse con Vicente Roma o todo aquel montaje no le serviría de nada para sus planes.
Recogió su bolso y salió del café.
Al día siguiente volvió a intentar acercarse al director pero esta vez cambió de táctica.
Caminó hacía el bar.
Espero ver entrar al director y a su acompañante, agazapada en una portería cercana al local reconociéndose espía al mismo tiempo que se comía las uñas con una voracidad desconocida para ella.
Vicente Roma y su acompañante pasaron muy cerca de dónde se encontraba ella hablando. Elena casi, casi pudo sentir como en ese momento se quedaba paralizada.
Se sobrepuso al momento y le dio tiempo a verlos entrar en el local y situarse en una mesa.
Ya sólo quedaba cruzar la calle y suplantar a la Elena Torres que no esperaba encontrar Vicente Roma en ese bar después de tantos años.
Representar el más exitoso papel de su vida, nunca escrito.
Abrió la puerta con lentitud y se plantó en la entrada dando a entender que estaba buscando a alguien con la mirada y el director la descubrió allí. Como un espectro del pasado, como sí hubiera descubierto una visión fantasmal, una imagen que le devolvió al principio de su historia, de esa historia que intentaba olvidar.
Se le transformó el semblante y se le bloqueó la circulación de la sangre, una extraña sensación de ahogo le hizo aflojarse la corbata.
Inconscientemente no dejaba de mirar a la mujer que cruza el bar por su lado, sin percatarse de su embobamiento. Su cuerpo fue invadido por un hormigueo ciego, una sucesión de flashes llegaron a su cerebro y un mareo repentino le sobrevino. No podía separar sus ojos de la figura que tenía delante, quedo totalmente conmocionado, centrifugado, eclipsado por un sentimiento hondo, que le sumergía en un recuerdo hechizante. Quería llorar porque creía que estaba viendo la viva imagen de la mujer que lo había representado todo para él, a la mujer que hacía tantos años lo había abandonado. Pero era ella verdaderamente, no había cambiado nada desde que se marchó, su figura, su peinado, sus gestos; volvió a mirarla exhausto. No, no era verdad, estaba soñando despierto, el recuerdo le estaba volviendo a jugar una mala pasada, como aquel día en la parada del autobús. Habían pasado casi diez años, ¿había hecho un pacto con el diablo? Su asombro era gigante y enseguida quiso llamar su atención desde su mesa.
Elena pasó ignorando la mirada del director y se sentó en una mesa asegurándose de que él la viera en todo momento.
El director no podía contener sus ganas desmesuradas de levantarse e ir hacía ella. La fuerza de sus sentimientos dispares no le permitía estarse quieto.
Recorrió el pequeño espacio entre las mesas y se detuvo al lado de la figura de la mujer. Otra vez la volvió a observar detenidamente. Si ella supiera cuánto tiempo llevaba esperando este momento. Cuántas noches un pensamiento de reencuentro le había asaltado. Pero tenía que cerciorarse que era realmente ella.
El director la llamó por su nombre:
-Elena.
Elena levantó la cabeza con una lentitud estudiado, era el momento de empezar la función, el telón había dado paso a un escenario real.
Vicente Roma, nervioso y pálido buscaba la mirada de la mujer. No había equivocación, era ella. Cayó rendido y destrozado en la silla delante de Elena.
Mientras no paraba de observarla su boca pronunció un esperanzado:
-Has vuelto, Elena. ¿Te acuerdas de mi? soy Vicente. Vicente Roma.
Elena acarició entonces el triunfo entre sus manos mientras miraba a la otra mujer desencajada sentada en la mesa del director.
No sé que hago aquí, en este mundo virtual.Quizás un reto. sólo me puedo definir como un ser en constante movimiento, callejeando por la vida.¿A dónde me llevará? Tampoco lo sé.Pero ya lo acabaré descubriendo.
miércoles, 4 de junio de 2008
ESCENAS CON MUCHO ARGUMENTO (II)
Golpe de doble efecto
Un suave cosquilleo que bajaba por su brazo sacó de un profundo sueño a Belinda. El hombre que dormía a su lado planeaba entre dos cielos colmados: el del sexo y el del alcohol.Una araña, una delgada masa de ocho patas de barquillo quebradizo, de cuerpo liso y negro continuaba deslizándose por la suave piel de la mujer.
Sin saberlo, esta araña se convertiría en la protagonista de una escena fatal de madrugada.
El cuerpo felino y atlético de Belinda descansaba sobre la cama , sus atigradas facciones, sus ojos verdes transparentes y su nariz de botón le daban un aspecto insconcientemente inhumano, de una espectacular fuerza y atractivo magnético.
Belinda confundió con el suave juego de la araña la carícia de su acompañante nocturno; y al abrir los ojos y verla, la sacudió del brazo histéricamente sin pensarlo dos veces. Saltó espeluznada fuera de la cama con un gritito agónico y estridente que no casaba de ninguna manera con su imagen. El incidente despertó al hombre mientras la araña se movía entre las sábanas, ajena al espectáculo del rincón de la habitación.
-Matala, matala- gritaba Belinda acongojada mientras se tapaba el rostro con las dos manos y se subía encima de una silla.
En ese momento sonó el teléfono y el hombre se lanzó a coger el auricular para responder a la llamada olvidándose de la araña.
Sin permitir que el hombre articulará palabra una voz masculina propuso sin más desde el otro lado del auricular:
- Belinda ¿quieres casarte conmigo?
- No se puede poner, un momento que voy a preguntárselo.
Un suave cosquilleo que bajaba por su brazo sacó de un profundo sueño a Belinda. El hombre que dormía a su lado planeaba entre dos cielos colmados: el del sexo y el del alcohol.Una araña, una delgada masa de ocho patas de barquillo quebradizo, de cuerpo liso y negro continuaba deslizándose por la suave piel de la mujer.
Sin saberlo, esta araña se convertiría en la protagonista de una escena fatal de madrugada.
El cuerpo felino y atlético de Belinda descansaba sobre la cama , sus atigradas facciones, sus ojos verdes transparentes y su nariz de botón le daban un aspecto insconcientemente inhumano, de una espectacular fuerza y atractivo magnético.
Belinda confundió con el suave juego de la araña la carícia de su acompañante nocturno; y al abrir los ojos y verla, la sacudió del brazo histéricamente sin pensarlo dos veces. Saltó espeluznada fuera de la cama con un gritito agónico y estridente que no casaba de ninguna manera con su imagen. El incidente despertó al hombre mientras la araña se movía entre las sábanas, ajena al espectáculo del rincón de la habitación.
-Matala, matala- gritaba Belinda acongojada mientras se tapaba el rostro con las dos manos y se subía encima de una silla.
En ese momento sonó el teléfono y el hombre se lanzó a coger el auricular para responder a la llamada olvidándose de la araña.
Sin permitir que el hombre articulará palabra una voz masculina propuso sin más desde el otro lado del auricular:
- Belinda ¿quieres casarte conmigo?
- No se puede poner, un momento que voy a preguntárselo.
martes, 3 de junio de 2008
REENCUENTROS DE FIN DE SEMANA
Basta dejar de ver a un ser, reencontrarlo en el tiempo, para comprobar con estupefacción que vive preso de su voz, sus movimientos y su risa.
Somos la piedra y el mar que lo pule. Nos redondeamos a diario, viviendo.
Rosa y mortal
Francisco Umbral
Somos la piedra y el mar que lo pule. Nos redondeamos a diario, viviendo.
Rosa y mortal
Francisco Umbral
sábado, 24 de mayo de 2008
ESCENAS CON ARGUMENTO (II)
A un árbol triste y encanecido
Me dueles. Ahora y aquí a tu lado. Siento tus entrañas malheridas, tu tronco cuarteado en su base, buscando un nuevo aire que respirar, como si tu vestido te asfixiará, como si buscarás escapar de algo.
Te remueves y estremeces como mi corazón, palpitas.
Te arrebato un trozo de áspera, oscura y envejecida corteza y tu sangre enferma humedece mis dedos. Esa savia blanca, que fluye vertiginosamente.
Te observo en un plano picado. Has crecido, tus hojas espinosas ya no son de color verde enaltecido. Mis manos te acarician, recorren tus sinuosas y rugosas oquedades, tu recto cuerpo. Llego hasta tus robustos brazos, que no pueden abrazar.
Me dueles. Ahora y aquí a tu lado. Siento tus entrañas malheridas, tu tronco cuarteado en su base, buscando un nuevo aire que respirar, como si tu vestido te asfixiará, como si buscarás escapar de algo.
Te remueves y estremeces como mi corazón, palpitas.
Te arrebato un trozo de áspera, oscura y envejecida corteza y tu sangre enferma humedece mis dedos. Esa savia blanca, que fluye vertiginosamente.
Te observo en un plano picado. Has crecido, tus hojas espinosas ya no son de color verde enaltecido. Mis manos te acarician, recorren tus sinuosas y rugosas oquedades, tu recto cuerpo. Llego hasta tus robustos brazos, que no pueden abrazar.
UNA FRASE. UN PENSAMIENTO. UNA VIDA
La literatura es un oficio peligroso. Es correr por el borde del precipicio: a un lado el abismo sin fondo y al otro las caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida.
Roberto Bolaño
Roberto Bolaño
EL QUE POT ARRIBAR A TRANSMETRE UNA CANÇÓ
ESTA HISTORIA QUE TE CUENTO ES COMO UN GRITO
UNA VOZ DESESPERADA QUE GRITA PIDIENDO AUXILIO
AUXILIO POR NO VER NADA QUE ME LLENE EN EL CAMINO
AUXILIO POR VER QUE HAY MUCHA FALTA DE CARIÑO
ME PARO Y ME PREGUNTO POR QUÉ NO VIVES
RODEADO DE MAS VERDAD Y BUSCANDO ESE EQUILIBRIO
QUE TE LLENE DE VALOR Y QUE TE QUITE DEL SUICIDIO
NO TENER QUE DEPENDER PARA SENTIRTE MAS QUERIDO
USANDO MENOS EL COCO Y UN POQUITO MAS LA PIEL
YA QUE SOMOS LO QUE SOMOS Y SI NO LO QUIERES VER
ERES TONTO!
SI NO TE GUSTAS ES QUE NO ESTÁS VIVO
ERES TONTO!
PERO ESO ES ALGO QUE NACIÓ CONTIGO
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
PARECE QUE ESTA DE MODA IR DE TONTITO
APARENTAR SER LA PERSONA QUE SIEMPRE TU HABIAS QUERIDO
DIME:¿POR QUÉ NO TE QUIERES AUNQUE SEA SOLO UN POQUITO?
¿POR QUÉ NO ERES TU MISMO Y NO ALGO PARECIDO?
USANDO MENOS EL COCO Y UN POQUITO MAS LA PIEL
YA QUE SOMOS LO QUE SOMOS
Y SI NO LO QUIERES VER
ERES TONTO!
SI NO TE GUSTAS ES QUE NO ESTÁS VIVO
ERES TONTO!
PERO ESO ES ALGO QUE NACIÓ CONTIGO
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
EHH!ERES TONTO!
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
TU ERES TONTO!
ERES TONTO
El Canto del Loco
UNA VOZ DESESPERADA QUE GRITA PIDIENDO AUXILIO
AUXILIO POR NO VER NADA QUE ME LLENE EN EL CAMINO
AUXILIO POR VER QUE HAY MUCHA FALTA DE CARIÑO
ME PARO Y ME PREGUNTO POR QUÉ NO VIVES
RODEADO DE MAS VERDAD Y BUSCANDO ESE EQUILIBRIO
QUE TE LLENE DE VALOR Y QUE TE QUITE DEL SUICIDIO
NO TENER QUE DEPENDER PARA SENTIRTE MAS QUERIDO
USANDO MENOS EL COCO Y UN POQUITO MAS LA PIEL
YA QUE SOMOS LO QUE SOMOS Y SI NO LO QUIERES VER
ERES TONTO!
SI NO TE GUSTAS ES QUE NO ESTÁS VIVO
ERES TONTO!
PERO ESO ES ALGO QUE NACIÓ CONTIGO
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
PARECE QUE ESTA DE MODA IR DE TONTITO
APARENTAR SER LA PERSONA QUE SIEMPRE TU HABIAS QUERIDO
DIME:¿POR QUÉ NO TE QUIERES AUNQUE SEA SOLO UN POQUITO?
¿POR QUÉ NO ERES TU MISMO Y NO ALGO PARECIDO?
USANDO MENOS EL COCO Y UN POQUITO MAS LA PIEL
YA QUE SOMOS LO QUE SOMOS
Y SI NO LO QUIERES VER
ERES TONTO!
SI NO TE GUSTAS ES QUE NO ESTÁS VIVO
ERES TONTO!
PERO ESO ES ALGO QUE NACIÓ CONTIGO
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
EHH!ERES TONTO!
Y MAÑANA AL DESPERTAR,
SALTAR DE LA CAMA
LUCHAR TU MAÑANA,
MIRAR A LA CARA
QUE NO ERES NADA
ERES TONTO!
SALIR A LA CALLE SIN LA TONTERIA
SACANDO DE DENTRO ENTERA TU VIDA
ENTERA TU VIDA
TU ERES TONTO!
ERES TONTO
El Canto del Loco
martes, 20 de mayo de 2008
jueves, 1 de mayo de 2008
AVUI ACABA EL TERMINI

Avui acaba el termini. El conflicte de l'arròs i altres matèries primeres que apallisa el païssos en desenvolupament, marcarà l'inici d'una cadena de mort i devastació, tot produint com és produeix al món un excedent del 10 % d'aliments, no hi han raons ni excuses.
Tanta preocupació pel medi ambient i per una política de cara maca, de concienciació d'estar per casa, m'esglaia.
Tant de bo...
SÓLO CUÉNTAME UN CUENTO

Esta es su ciudad, con sus vidas aceleradas que transcurren en pequeños instantes, con sus calles que se dejan mimar, con sus palabras encadenadas a destiempo.
Irene es un personaje más de esta ciudad, Barcelona. Todo el mundo en el barrio la conoce. Es la chica de la librería. Tiene unos grandes ojos azules exploradores de interiores. No hace falta que hables, ella sabe exactamente que libro recomendarte. Es capaz de escuchar a ese desconocido que habita en nosotros, que bombardea nuestros pensamientos.
Cada jueves por la mañana la puedes encontrar en el Claustro, junto a la capilla de Santa Rita, pidiéndole un deseo. Sólo el agua de la fuente rompe el silencio que la rodea y los rayos de sol iluminan tímidos los muros. Las palmeras miran al cielo; casi, casi lo tocan, lo acarician suavemente con su lento vaivén.
Las campanas de la catedral le recuerdan que son las diez, que el tiempo nunca se detiene.
Traspasa la puerta del Claustro y se sumerge en el paisaje humano. Se dirige hacía la calle de la Dagueria, donde está la librería Trece, recortando el espacio que la devuelve a la rutina.
Al llegar levanta la persiana. Su ruido seco y escandaloso despierta al barrio. Al atravesar la puerta de vidrio y madera la perspectiva cambia. Va encendiendo una a una las luces de los pasillos, de esos pasillos habitados por libros. El olor del papel, de la tinta, de la encuadernación impregna el ambiente, lo colma de ese continente inanimado que nos hace vivir sus historias, reales o no. Esas historias que Irene conoce una a una, como si siempre hubiera vivido en una de ellas.
De vuelta en el mostrador repasa el correo y los pedidos. Agrupa las nuevas adquisiciones que formarán parte de esta pequeña metrópolis. Desde el pasillo del fondo se acerca un gato. Es Tizón. El guardián de las historias. Un gato negro con alma de lector. Llega hasta el mostrador y mira a Irene con ojos verdes suplicantes. Irene lo recoge entre sus brazos y el gato ronronea mientras ella acaricia su pequeña cabeza. Así pasa gran parte de la mañana coleccionando nuevas experiencias.
Cerca de las dos el sonido de la campanilla de la puerta la distrae. Es Estel, la dueña de La Clandestina. Acaba de regresar de unos de sus viajes e invita a Irene a un té. Quiere explicarle todo sobres esos nuevos lugares.
Irene cierra la librería, tiene media hora para comer. Sale sonriente por la puerta con su gato. Estel camina a su lado charlando calle abajo hasta llegar a La Clandestina.
El cálido local las acoge, las conversaciones se viven en el ambiente. Irene se sienta en la barra mientras Estel le prepara uno de esos nuevos tés y un bocadillo. Sus ojos hablan de India, de sus gentes, de todo lo que se percibe allí, tomando un té en una mesa, observando a los hombres degustar su té, despreocupados del incesante ruido de las calles de ese ahora cercano Oriente. Irene recoge el té y se da la vuelta para dirigirse a la mesa del rincón junto a la barra. Totalmente absorta en las palabras de Estel, choca con un chico pelirrojo y le derrama la tetera por la chaqueta.
El chico se sobresalta y los ojos de Irene pernoctan un momento en los sorprendidos ojos oscuros del muchacho. Irene reconoce a su habitante parapetado bajo la apariencia de un hombre-gaviota lejos del mar. Cuando se da cuenta, ve la gran mancha de la chaqueta y pidiéndole perdón, intenta nerviosamente hacerla desaparecer con un pañuelo.
El chico reacciona. Siente como si los ojos de Irene le hubieran arrancado toda su vida en unos segundos; como si sus ojos mantuvieran un diálogo secreto con su yo.
Irene le invita a un té. El chico se presenta, se llama Eloy y vive dos calles más abajo. Hoy por casualidad ha descubierto La Clandestina. Pero no esperaba encontrarse en esa situación, compartiendo un té con Irene. El gato salta a la falda de la chica y Eloy le comenta qué es muy bonito y le pregunta cómo se llama. Irene le contesta que se llama Tizón, mientras lo mima.
Irene mira su reloj, es tarde, ya ha pasado su media hora libre. Se despide y le vuelve a pedir perdón. Cuando ya está a punto de salir por la puerta, siente un impulso irrefrenable. Regresa a la mesa y garabatea en un servilleta un título “El cuento del corazón errante” de Gloria Poch y se lo entrega mientras le cuenta a Eloy que trabaja en la librería de esa misma calle. Sin más, desaparece.
De pronto se apodera de La Clandestina un vacío, desaparece el tintinear de las cucharas en los vasos, el sonido de la cajita de música y la charla de los ocupantes en las mesas. Eloy siente ese vacío también en su piel.
Se levanta, carga su mochila y sale atropelladamente de La Clandestina, corriendo por la calle buscando la librería.
Al mirar a su derecha, descubre libros en un escaparate y se para delante de la puerta. La empuja con delicadeza. Suena una campanilla y un hombre le da las buenas tardes.
Eloy pregunta por Irene pero el hombre le asegura que allí no trabaja ninguna chica que se llame Irene. Eloy intenta describirla. El propietario le confirma que no sabe quién es, que nunca ha trabajado una chica en la librería.
En ese momento por uno de los pasillos aparece un gato negro. Eloy lo reconoce. Es Tizón, la mascota de Irene. Llama bajito al animal: “Tizón” y el gato le mira con sus grandes ojos verdes y continúa su camino hacía el interior de la librería. Eloy no se da por vencido y lo sigue a la expectativa. Busca a Irene por los pasillos, detrás de una gran columna de libros, al lado de la puerta de la trastienda. Se imagina encontrarla allí. El propietario sentado junto al mostrador se ha olvidado ya de él.
Eloy se acerca a una mesa y mientras prosigue con su desorientada búsqueda visual coge distraídamente un ejemplar. Por unos segundos centra su atención en el libro. En la portada destaca una fotografía en color. Hay una chica sentada en las escaleras del Claustro, junto a la Capilla de Santa Rita. No es posible exclama, es Irene, le asalta sin avisar otra vez. La chica de La Clandestina.
Una Irene que hace un rato le ha manchado de té la chaqueta. Esa mancha sigue allí, todavía húmeda, totalmente presente. Tan presente como la huella interior que ha quedado en él.
Aún le falta otro detalle por descubrir. Un detalle que no se espera. Cuando examina otra vez la portada, pronuncia en voz alta el nombre del libro “ El cuento del corazón errante” de Gloria Poch mientras en su mano izquierda nota la textura de la servilleta en el bolsillo.
Empieza a leer y todavía es más increíble lo que encuentra: él está allí, en el libro, en un local de la calle de la Dagueria tomando un té.
A la Clandestina y a Estel,
por esos buenos momentos
de literatura en su local.
Irene es un personaje más de esta ciudad, Barcelona. Todo el mundo en el barrio la conoce. Es la chica de la librería. Tiene unos grandes ojos azules exploradores de interiores. No hace falta que hables, ella sabe exactamente que libro recomendarte. Es capaz de escuchar a ese desconocido que habita en nosotros, que bombardea nuestros pensamientos.
Cada jueves por la mañana la puedes encontrar en el Claustro, junto a la capilla de Santa Rita, pidiéndole un deseo. Sólo el agua de la fuente rompe el silencio que la rodea y los rayos de sol iluminan tímidos los muros. Las palmeras miran al cielo; casi, casi lo tocan, lo acarician suavemente con su lento vaivén.
Las campanas de la catedral le recuerdan que son las diez, que el tiempo nunca se detiene.
Traspasa la puerta del Claustro y se sumerge en el paisaje humano. Se dirige hacía la calle de la Dagueria, donde está la librería Trece, recortando el espacio que la devuelve a la rutina.
Al llegar levanta la persiana. Su ruido seco y escandaloso despierta al barrio. Al atravesar la puerta de vidrio y madera la perspectiva cambia. Va encendiendo una a una las luces de los pasillos, de esos pasillos habitados por libros. El olor del papel, de la tinta, de la encuadernación impregna el ambiente, lo colma de ese continente inanimado que nos hace vivir sus historias, reales o no. Esas historias que Irene conoce una a una, como si siempre hubiera vivido en una de ellas.
De vuelta en el mostrador repasa el correo y los pedidos. Agrupa las nuevas adquisiciones que formarán parte de esta pequeña metrópolis. Desde el pasillo del fondo se acerca un gato. Es Tizón. El guardián de las historias. Un gato negro con alma de lector. Llega hasta el mostrador y mira a Irene con ojos verdes suplicantes. Irene lo recoge entre sus brazos y el gato ronronea mientras ella acaricia su pequeña cabeza. Así pasa gran parte de la mañana coleccionando nuevas experiencias.
Cerca de las dos el sonido de la campanilla de la puerta la distrae. Es Estel, la dueña de La Clandestina. Acaba de regresar de unos de sus viajes e invita a Irene a un té. Quiere explicarle todo sobres esos nuevos lugares.
Irene cierra la librería, tiene media hora para comer. Sale sonriente por la puerta con su gato. Estel camina a su lado charlando calle abajo hasta llegar a La Clandestina.
El cálido local las acoge, las conversaciones se viven en el ambiente. Irene se sienta en la barra mientras Estel le prepara uno de esos nuevos tés y un bocadillo. Sus ojos hablan de India, de sus gentes, de todo lo que se percibe allí, tomando un té en una mesa, observando a los hombres degustar su té, despreocupados del incesante ruido de las calles de ese ahora cercano Oriente. Irene recoge el té y se da la vuelta para dirigirse a la mesa del rincón junto a la barra. Totalmente absorta en las palabras de Estel, choca con un chico pelirrojo y le derrama la tetera por la chaqueta.
El chico se sobresalta y los ojos de Irene pernoctan un momento en los sorprendidos ojos oscuros del muchacho. Irene reconoce a su habitante parapetado bajo la apariencia de un hombre-gaviota lejos del mar. Cuando se da cuenta, ve la gran mancha de la chaqueta y pidiéndole perdón, intenta nerviosamente hacerla desaparecer con un pañuelo.
El chico reacciona. Siente como si los ojos de Irene le hubieran arrancado toda su vida en unos segundos; como si sus ojos mantuvieran un diálogo secreto con su yo.
Irene le invita a un té. El chico se presenta, se llama Eloy y vive dos calles más abajo. Hoy por casualidad ha descubierto La Clandestina. Pero no esperaba encontrarse en esa situación, compartiendo un té con Irene. El gato salta a la falda de la chica y Eloy le comenta qué es muy bonito y le pregunta cómo se llama. Irene le contesta que se llama Tizón, mientras lo mima.
Irene mira su reloj, es tarde, ya ha pasado su media hora libre. Se despide y le vuelve a pedir perdón. Cuando ya está a punto de salir por la puerta, siente un impulso irrefrenable. Regresa a la mesa y garabatea en un servilleta un título “El cuento del corazón errante” de Gloria Poch y se lo entrega mientras le cuenta a Eloy que trabaja en la librería de esa misma calle. Sin más, desaparece.
De pronto se apodera de La Clandestina un vacío, desaparece el tintinear de las cucharas en los vasos, el sonido de la cajita de música y la charla de los ocupantes en las mesas. Eloy siente ese vacío también en su piel.
Se levanta, carga su mochila y sale atropelladamente de La Clandestina, corriendo por la calle buscando la librería.
Al mirar a su derecha, descubre libros en un escaparate y se para delante de la puerta. La empuja con delicadeza. Suena una campanilla y un hombre le da las buenas tardes.
Eloy pregunta por Irene pero el hombre le asegura que allí no trabaja ninguna chica que se llame Irene. Eloy intenta describirla. El propietario le confirma que no sabe quién es, que nunca ha trabajado una chica en la librería.
En ese momento por uno de los pasillos aparece un gato negro. Eloy lo reconoce. Es Tizón, la mascota de Irene. Llama bajito al animal: “Tizón” y el gato le mira con sus grandes ojos verdes y continúa su camino hacía el interior de la librería. Eloy no se da por vencido y lo sigue a la expectativa. Busca a Irene por los pasillos, detrás de una gran columna de libros, al lado de la puerta de la trastienda. Se imagina encontrarla allí. El propietario sentado junto al mostrador se ha olvidado ya de él.
Eloy se acerca a una mesa y mientras prosigue con su desorientada búsqueda visual coge distraídamente un ejemplar. Por unos segundos centra su atención en el libro. En la portada destaca una fotografía en color. Hay una chica sentada en las escaleras del Claustro, junto a la Capilla de Santa Rita. No es posible exclama, es Irene, le asalta sin avisar otra vez. La chica de La Clandestina.
Una Irene que hace un rato le ha manchado de té la chaqueta. Esa mancha sigue allí, todavía húmeda, totalmente presente. Tan presente como la huella interior que ha quedado en él.
Aún le falta otro detalle por descubrir. Un detalle que no se espera. Cuando examina otra vez la portada, pronuncia en voz alta el nombre del libro “ El cuento del corazón errante” de Gloria Poch mientras en su mano izquierda nota la textura de la servilleta en el bolsillo.
Empieza a leer y todavía es más increíble lo que encuentra: él está allí, en el libro, en un local de la calle de la Dagueria tomando un té.
A la Clandestina y a Estel,
por esos buenos momentos
de literatura en su local.
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